Gianni Infantino: una década al frente de FIFA entre negocios globales y escándalos de corrupción

Cuando Gianni Infantino asumió como presidente de la FIFA hace exactamente diez años, el 26 de febrero de 2016, prometió “traer el fútbol de vuelta a la FIFA”. Lo que sucedió después fue una transformación radical de la institución, marcada por alianzas políticas controversiales y una creciente proximidad con figuras de poder global. En lugar de distanciarse de la política, Infantino construyó un modelo de presidencia donde los negocios y las relaciones de poder se entrelazan con las decisiones deportivas.

El camino de Infantino a la presidencia: más que una simple votación

El ascenso de Gianni Infantino a la cúpula de la FIFA no fue un evento aislado. En 2016, ganó la elección presidencial en segunda vuelta contra un jeque de Bahrein en un contexto de profunda crisis institucional. La organización estaba sacudida por el escándalo de corrupción que había demolido la presidencia anterior y buscaba desesperadamente un símbolo de renovación. Infantino, quien entonces se desempeñaba como Director de Asuntos Jurídicos de la UEFA, era presentado como una alternativa fresca.

Sin embargo, detrás de esa candidatura renovadora existían movimientos menos visibles. Meses antes de su ascenso, Infantino mantuvo reuniones con autoridades estadounidenses, particularmente con el Departamento de Justicia. Posteriormente, viajó a Nueva York, donde se produjo un encuentro cuyos detalles permanecen parcialmente ocultos. Lo que sí se conoce es que estos contactos precedieron cambios significativos en las investigaciones sobre corrupción en la institución.

FIFAGate: cómo la crisis se transformó en oportunidad

El escándalo conocido como FIFAGate había expuesto en 2015 la red de sobornos y corrupción que caracterizó décadas de administración anterior. El FBI había realizado una investigación exhaustiva que comprometía a múltiples directivos. Sin embargo, en 2015, la propia FIFA logró enmarcar los resultados como una “decisión judicial” suiza, lo que permitió cierto distanciamiento de la institución respecto a los hallazgos más delicados.

El caso era complejo. Existían contratos firmados durante administraciones previas que violaban los principios éticos que la nueva FIFA prometía defender. Uno de ellos involucraba derechos de televisión con Cross Trading, una empresa vinculada a Full Play, la compañía mediática argentina. Estos contratos, que ganaron 300 mil dólares en la reventa, aparecieron posteriormente en los Papeles de Panamá. Sin embargo, las investigaciones suizas sobre estos vínculos se frenaron misteriosamente.

El cambio más dramático llegó a fines de 2025, cuando el Departamento de Justicia de los Estados Unidos ordenó a los fiscales de Brooklyn abandonar las dos últimas condenas pendientes del FIFAGate. Una involucraba a un director ejecutivo de Fox; la otra, a Full Play nuevamente. El cambio de postura ocurrió apenas días después de que Infantino otorgara a Donald Trump el premio FIFA de la Paz.

De la promesa del Mundial 2026 al entrelazamiento político-deportivo

Apenas semanas después de su asunción, Infantino comprometió el Mundial 2026 a Estados Unidos, coincidiendo con el inicio de la presidencia de Trump. Este gesto fue leído por observadores de la industria como una devolución simbólica por la derrota estadounidense en la votación del Mundial 2022, cuando Qatar fue elegido de manera controversial.

En conversaciones posteriores, Trump sugirió a Infantino un acuerdo implícito: Estados Unidos no presentaría objeciones a los Mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022 ya realizados. A cambio, Trump obtendría el 2026, derechos televisivos de Copa América y apoyo mediático. Además, la administración estadounidense frenaria las investigaciones del FIFAGate. Si Infantino necesitaba financiamiento adicional para proyectos, podría gestionar fondos de Arabia Saudita.

Este acuerdo transformó la naturaleza del fútbol global. El Mundial 2026 debutará con 48 selecciones en lugar de las tradicionales 32. Hace apenas cinco días, la UEFA aceptó que el próximo Mundial de Clubes también escale a 48 equipos, con financiamiento de plataformas como DAZN y televisoras sauditas. La expansión responde más a imperativos financieros que a consideraciones deportivas.

La paradoja de Infantino: exigir cuentas mientras negocia impunidad

La actual década de Gianni Infantino como presidente de FIFA presenta una paradoja inquietante. Por un lado, clama contra el racismo en el fútbol. Cuando el jugador argentino Gianluca Prestianni del Benfica insultó al brasileño Vinicius Jr. con términos racistas, Infantino emitió un comunicado enérgico declarando que “no hay lugar para el racismo en nuestro deporte ni en la sociedad”.

Sin embargo, esa misma semana, Trump compartió en redes sociales una animación racista representando a Barack Obama y Michelle Obama como monos. Prestianni enfrentó sanciones inmediatas. Trump, no. La selectividad de la aplicación de principios define la administración de Infantino.

El futuro bajo la presidencia de Infantino: ¿rehén de circunstancias?

Observadores clave de la política deportiva global describen a Infantino como actualmente “rehén de Trump”. El suizo celebrará los diez años de su mandato presidencial en un contexto donde una figura política externa tiene capacidad de veto sobre decisiones institucionales. El Mundial 2026 se llevará a cabo bajo esta dinámica, con Trump potencialmente capaz de dictar términos sobre cómo se desarrolle el torneo.

El riesgo no es solamente la cooptación política. La psicología del poder personalista introduce volatilidad. Un presidente que, según analistas políticos, “solo quiere provocar incendios” y que es descrito como poseedor de “una psique dañada” ahora posee influencia determinante sobre el fútbol global.

La historia de diez años de Gianni Infantino es, en última instancia, la historia de cómo una institución deportiva se transformó en instrumento de relaciones de poder geopolítico. Donde antes estaba el fútbol, ahora hay transacciones políticas. Donde estaban los principios éticos, hay acuerdos implícitos. El legado de esta década será recordado menos por reformas deportivas y más por la arquitectura de poder que Infantino construyó.

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